Las  tracas atronaron en el viejo Vallejo

La jornada del dos de junio de 1963 nació bajo el signo de la fatalidad tras el fallecimiento del Papa Juan XXIII, pero las tracas, pese a la omnipresencia del poder espiritual, atronaron en el coliseo del Vallejo al filo de la media tarde. Los goles de Serafín y de Vall dimensionaron al Levante hacia el universo de la Primera División. Era un sueño, y una vieja reivindicación, que la sociedad azulgrana y la ciudad de Valencia perseguían al unísono desde tiempos ancestrales. La ambición de contar con dos equipos en el ámbito de la elite del balompié español dejó de ser una quimera para convertirse en una realidad absoluta. Aquel partido, pese a la condición que adquirió, por su carácter de decisivo, no puede interpretarse sin rememorar el choque anterior que reunió al Levante y al Deportivo de La Coruña en el feudo de Riazor. La promoción de ascenso para las huestes granotas germinó en tierras gallegas. En ese espacio de la geografía de la Península comenzó a gestarse un acontecimiento sobresaliente. Domínguez y Wanderley eclipsaron la diana inicial de Montalvo (1-2). Vallejo dictaría sentencia. Serafín no erró desde los once metros y Vall, cerca del ocaso del duelo, acabó con la incertidumbre que había provocado el gol de Montalvo.

Rivera ante Unanua; una  imagen para historia

El cielo de Jerez de La Frontera cubrió el atardecer con una gama dominada por la tonalidad de los colores en azul y grana como si el firmamento tratara de reverenciar la proyección recién conquistada por el Levante. El recuerdo perdura en el tiempo. Quizás una imagen contenga la esencia de aquel trasvase que derruía cuarenta años de una espera que se prolongó. Rivera acariciaba el balón ante la mirada retadora de Unanua. El arquero y el centrocampista frente a frente en una lucha sin tregua desde los once metros. La historia señalaba al mediocentro. Era uno de los escogidos para perpetuarse. Había algo de justicia poética en el lance propuesto y también en la resolución final. Rivera, posiblemente el futbolista con mayor ascendente del ejercicio liguero del grupo liderado por Manuel Preciado, guardaba en sus botas los secretos para desenredar el nudo gordiano. Rivera realizó un ejercicio de ataraxia para someter al arquero local. Antes Gustavo Reggi había humedeció los ojos de los estamentos azulgranas en una acción que resolvió de forma imperial. Todo había comenzado con el gol de Canito. Después Preciado capitalizaría la atención sobre la alfombra del coliseo andaluz.

Lleida, un regreso a Primera exprés

Lleida estableció la frontera con el retorno a la Primera División. En realidad fue un regreso que podría tildarse de exprés conseguido a la velocidad del sonido después del menoscabo que supuso el vieja de ida y vuelta hacia la categoría de Plata del curso 2004-2005. El Levante dependía en exclusiva de sus propias prestaciones en el partido que cerraba la competición liguera. Una semana antes había coqueteado con el abismo. Los guantes recios de Cavallero sostuvieron a la escuadra blaugrana ante un Lorca que se presentó en el Ciutat alejado de la perturbación. El cancerbero argentino resultó capital desde los once metros. Aquella acción proyectó al bloque de Mané hasta la cima. El tránsito tuvo como escenario el Camp d’Sports de Lleida. Riga concitó las miradas de los seguidores afines al levantinismo tras aprovechar un balón sin dueño en el interior del área catalana. Hay acciones que compendian un ejercicio. Aquel gol que llegó desde la confusión fue la metáfora de una temporada intrincada.

La guinda al centenario

Fue algo así como el centenariazo. En mayúsculas. Y sin subterfugios. El encuentro ante el C.D. Castellón brotó desde la mística, la espiritualidad y desde el simbolismo. No había epílogo más distinguido, para cerrar los fastos conmemorativos de los cien años de existencia de la entidad levantinista, que apelar a la rebeldía para volver a Primera División. Aquel colectivo de alma indómita que representó Luis García desde el banquillo se amotinó contra sí mismo y contra todos aquellos que pretendieron arrinconarlo. No había desconfianza. Tampoco hubo debate en aquel duelo ante la sociedad castellonense que advertía de la posibilidad de regresar a la máxima categoría en la penúltima jornada de la temporada 2009-2010. Juanlu y Xisco con dos chispazos en la epifanía convirtieron la confrontación de Orriols en un cuento de hadas. El cronómetro no cubría ni tan siquiera los primeros diez minutos y el choque estaba pautado y totalmente desenmarañado. Javi Guerra elevó la temperatura de feudo azulgrana todavía en el primer acto. La igualada final del Betis en Salamanca marcó el desenlace de una tarde de delirios, arrebatos y entusiasmo.

Postigo desata las pasiones azulgranas

Postigo desató las pasiones del Ciutat de València. El partido ante el Oviedo se adentraba hacia su capítulo final. El central tiene alma de soñador. Únicamente desde esa perspectiva puede analizarse la acción que preludió un gol que alzó a la masa social granota de sus asientos. De repente, la figura del zaguero se materializó en el interior del área de la escuadra asturiana con la fuerza emergente de un haz de luz que se cuela por una grieta con la finalidad de reivindicar la consistencia de una luminosidad que parecía negada. Fue una lucha personal contra sus propios caracteres. El central cruzó la geografía del campo para posicionarse en las antípodas de los dominios que jerarquiza. De defensa a atacante; de negar el pan a los delanteros a imitar sus movimientos con un aniquilador y letal cabezazo que rompió en mil pedazos el arco defendido por Juan Carlos. El cuero voló templado desde el costado derecho del ataque azulgrana. Campaña puso el balón en juego. Jason realizó una maniobra de distracción. Postigo entró con la furia de una manada de búfalos para entrar en combustión. Las emociones suelen ser intransferibles, pero la grada compartió al unísono esa percepción. El rostro de Postigo denunció la trascendencia del acontecimiento. El gol valida el quinto ascenso.