Mirada Azulgrana

Fue en los primeros días de septiembre de 1926. Con los equipiers lustrando sus botas para asaltar los muros del Campeonato Regional, los rotativos valencianos advirtieron del duro enfrentamiento que se avecinaba entre el Levante y el Valencia. En el epicentro de la acción surgía Dámaso Urrutia, un futbolista de imagen devastadora que se había proyectado durante la temporada anterior defendiendo el escudo de la sociedad marina. Los periódicos atacaban y contraatacaban con virulencia en virtud de sus distintos posicionamientos. No obstante, había un común denominador en toda esta historia; el debate era arduo y acalorado y no dejaba en la indiferencia a ninguno de los estamentos futbolísticos de la ciudad del Turia. Los medios auguraban un otoño repleto de nubarrones. Septiembre inauguró un período inhóspito en la vida del jugador. Es muy posible que nadie llegara a calibrar en toda su magnitud el calado y la complejidad de la decisión que situó al borde de la guerra fría al Levante y al Valencia, dos de los principales clubes asentados en la capital del Turia, en un contexto de guerra tripartita con la presencia del Gimnástico.

El germen del problema naciente radicó en la permuta establecida por el protagonista. Al calor metálico del período estival de 1926, Dámaso decidió permutar la camiseta del Levante por la blanca que caracterizaba a su máximo enemigo. Fue una decisión complicada que, con celeridad, provocó un maremágnum de opiniones contradictorias. La prensa canalizó esta guerra presentando el estado de la cuestión. “El año deportivo comienza con atropellos”, avanzó Seg desde las columnas de Diario de Valencia. Fue el punto de partida de una trama casi detectivesca. El cisma amenazaba con romper las relaciones establecidas entre el team con raíces en Los Poblados Marítimos y el club de Mestalla.

“Urrutia firma por el Valencia, pero el Levante le niega la baja”. Urrutia no era un componente secundario en el imaginario de los seguidores levantinos. El futbolista había conquistado un hueco en el corazón de los aficionados al club marino después de mil y una  exhibiciones con el cuero imantando a sus pies, pero había una imagen que perduraba. Urrutia rasgó la igualada a tres goles que supuso la primera victoria del Levante ante el Valencia. Y el tiempo no había borrado todavía esa acción que se desarrolló en un Estadio del Campo de La Cruz atestado de público. Es una evidencia que la controversia estaba garantizada y las entidades iniciaron una devastadora argumentación con el fin de demostrar con hechos que la razón les asistía.

La magnitud de las reivindicaciones de cada sociedad y la posibilidad de que el equipier sufriera el ostracismo más absoluto motivó que la Federación Valenciana tomara cartas en el asunto. No era un problema menor. Este organismo propuso una votación para solucionar el conflicto, pero esta resolución no satisfizo a los interesados. La polémica estaba servida. Seg se convirtió en la bandera de los derechos del Levante. “La Federación, sin atenerse a la ley moral y deportiva, confía la solución a una votación cuyos resultados se saben de antemano, pues ya hace tiempo publicamos la forma valencianista en que este organismo se halla constituida. Una votación es un atropello, una cacicada, y, en esas condiciones, no hay deporte sino burla del mismo. Hoy será la víctima el Levante. Mañana el Gimnástico. Y pasado el Castellón y ya lo fue el Natación de Alicante porque son equipos que, por su valía, pueden inquietar al cacique del fútbol valenciano. A los demás equipos nada les ocurre porque no inquietan”.

La acusación de periodista del Diario de Valencia no era velada. En realidad, era un dardo envenenado que ponía en entredicho el orden imperante en la Federación valenciana y su libertad en sus juicios emitidos. La escisión del principal órgano gestor del balompié valenciano se convirtió en un problema añadido. La propuesta del Valencia, que ratificó la validez del compromiso del futbolista, fue secundada por el Juvenal, Burjassot, Athletic y España, entidades por tradición asociadas a sus intereses.

Obviamente, el Levante se posicionó en contra de este postulado mientras que el Elche y Gimnástico optaron por el voto en blanco. No hubo acuerdo posible y a finales de septiembre La Correspondencia de Valencia presentaba la composición de la plantilla del Valencia para el nuevo ejercicio. Urrutia formaba parte del eje del ataque. En la calle de La Libertad, en la sede social, del Levante se estudiaba con detenimiento la situación jurídica del delantero. La imposibilidad de un arreglo amistoso del asunto propició que el tema llegara a la Federación Nacional. Urrutia traspasaba las fronteras más próximas a su entorno. El problema tomaba envergadura. El otoño avanzaba con firmeza y el expediente del jugador estaba entre signos de interrogación.

El Campeonato Regional comenzó y no había rastro de Dámaso. En Madrid recabaron información al respecto. Una delegación del equipo marino marchó a la capital de España para entrevistarse con los federativos y presentar sus alegaciones. Emisarios del Valencia también se desplazaron hasta Madrid para manifestar sus argumentaciones. La Nacional dictó sentencia. Se esperaba con interés el veredicto del principal órgano de gestión del fútbol nacional. El recurso presentado por el Levante prosperó. No se esperaba esta resolución, pero la suerte sonreía a los intereses de la escuadra marina. “El Levante tiene pleno derecho a ejercitar el derecho de retención y a licenciar a dicho jugador como profesional”.

El escrito acentuaba la legalidad de las peticiones efectuadas por los rectores levantinos. No obstante, la controversia no estaba solucionada. Urrutia se negaba a volver a vestir los colores del Levante. 1927 había nacido y ese barniz, que un día le hizo perder el sentido por el Levante, y todo lo que rodeaba al club de los Poblados Marinos, se había difuminado para no volver jamás. La suerte le había esquivado. Volviendo de Castellón, para ver en directo un partido del Valencia, sufrió un aparatoso accidente de circulación. Y su ascendente dentro del verde había menguado. El caso Urrutia dio un viraje espectacular a finales de enero de 1927. Nadie podía prever un desenlace de semejantes dimensiones.

La competición languidecía y el Castellón, Levante y Gimnástico copaban la tabla en la búsqueda de la segunda plaza que abría la puerta de la Copa de España. El Valencia y el Levante cruzaban sus destinos en Mestalla. Un punto separaba al Levante de la segunda posición. El empate validaba las aspiraciones del equipo marino y del Valencia. La trama Urrutia fluctuaba en el ambiente y mediatizaba el sentido que adquiría la confrontación. En Castellón bramaban en el prologo de la cita de Mestalla. Denunciaban abiertamente una entente cordiale entre el Valencia y Levante con Urrutia como mercadería. Lo cierto es que el desarrollo del partido fue extraño. El Valencia gobernaba el duelo con facilidad (3-0). No obstante, una remontada tan inesperada como titánica de su oponente determinó una igualada final (3-3). Unos días  más tarde el Levante anunció la baja de Urrutia. El cisma concluyó de la forma más repentina.