Quizás sea la historia de una irrupción un tanto inesperada. Las consignas estaban claramente establecidas. Juan Luis Mora, en calidad de miembro adscrito a la secretaría técnica del Levante, se desplazó hasta el Estadio de La Aldehuela con la firme intención de seguir las evoluciones de un zaguero vinculado al universo del Fuenlabrada. Volvemos a la temporada 2010-2011. Mora buscaba un defensa central, pero se dio de bruces con el Comandante. El cancerbero del inolvidable ascenso de 2004 quedó cautivado por las evoluciones de un jugador que hacía del descaro y del atrevimiento un procedimiento para manejarse y desenvolverse por el interior de la superficie del verde. El rastro de Morales entró en escena para asociar su estela al imaginario del Levante. Lo hizo de manera silenciosa e insospechada quizás preludiando las coordenadas de una carrera profesional que se distancia de los estándares a tenor de su desarrollo. “Hacía mucho frío aquella mañana en Madrid. El filial necesitaba un central”, rememora Mora cuando echa la vista atrás para explicar con palabras todo lo acontecido.

“Había un defensor del Fuenlabrada que nos interesaba. Por esa razón estaba allí”. Los recuerdos brotan desde su mente. No obstante, el nacimiento del encuentro, que estaba vinculado al marco de la Tercera División, mutó el guion de los acontecimientos. La mirada de Moraquedó posicionada sobre la vanguardia del equipo madrileño. De repente la figura del central pareció difuminarse. Su instinto se puso en alerta. “Me llamó la atención la vistosidad que tenía sobre el campo. Pedía el balón con insistencia, driblaba a los defensores, arrancaba con velocidad y llegaba hasta la línea de fondo para centrar”.

Morales en estado puro podría advertirse en virtud del catálogo de las singularidades que le caracterizan en el tiempo presente. Mora prosigue con la radiografía que efectuó. Las notas se acumulaban en su libreta con Morales como protagonista. “No era un futbolista egoísta. Eso también me llamo la atención. Entraba desde la banda izquierda o partía hacia el área desde la mediapunta. Tenía una zancada muy potente y mucha velocidad. Además, tenía un buen control de balón. Era más un asistente”. Hay futbolista que jamás varían su repertorio. Saltan al verde con la firme intención de brindar con el fútbol a partir de una manera muy particular de entenderlo.

La curiosidad inicial del técnico dio paso a un interés desmesurado. “Era un jugador muy interesante para el filial. Así que traté de indagar más y de acumular más información al margen de la estrictamente deportiva”. Se trata de un protocolo invariable en la recolección de datos. “El aspecto humano nos interesa mucho. La información de su entorno era importante”. Sin embargo, había un hándicap. Los recuerdos no son difusos. “Venía al filial con 24 años. Ya no era Sub’23”. La edad podía ser un problema. Por norma la composición de los filiales acentúa un perfil de jugador muy cercano todavía a la categoría Juvenil. Y no era el caso.

Había que valorar desde la profundidad su aterrizaje. “Había que hacerle un seguimiento muy exhaustivo. Tomé muchas referencias dentro y fuera del campo. Todos los informes eran muy positivos. Me decían que en el vestuario no hablada demasiado”. Sin embargo, esa tendencia hacia la timidez se desvanecía de raíz al anclar las botas al verde. En el campo era impetuoso y descarado. “Volví a Fuenlabrada para verlo de nuevo”. Su comportamiento consolidó su pensamiento. “Me reafirmé en todo lo que había visto”. Dos partidos fueron suficientes para descubrir sus capacidades y aconsejar su fichaje.

Morales aquel curso se hinchó a anotar goles, aunque mantuvo una relación entre el amor y el odio desde el punto de penalti. “No era su mejor especialidad”, acentúa Mora con sorna. “Manolo me dio vía libre para iniciar las negociaciones. Me puse en contacto con él. Quedamos en un hotel de Aranjuez. Yo llevaba el contrato”. Era la primera toma de contacto cara a cara. “Antes de sentarnos para explicarle cómo era el Levante, lo que queríamos de él, su posición, el traslado hacia Valencia… le pregunté si quería algo. Me refería a tomar algo. Me contestó que un boli para firmar”, lanza entre risas. Era su gran oportunidad y Morales lo sabía. El destino le ubicó en el sitio justo en el momento más idóneo.

Forjado a la sombra de las grandes canteras del balompié madrileño, el fútbol le mostraba un nuevo camino que desenmascarar. Mora reflexiona al respecto. “Me sorprendió mucho que no hubiera pasado por algún equipo de Madrid. No te digo el Real Madrid o Atlético, pero sí por Getafe o Leganés. Era un jugador conocido en el ámbito de la Tercera División madrileña. Era el último tren que le pasaba por la proyección que podía tener. Él quería venir a toda costa, aunque tenía que dejar a su familia y su ciudad. Llegaba a un filial con vistas al primer equipo”. En ese sentido la confianza era absoluta. “Siempre que firmas a un jugador para el filial lo haces con la convicción de que puede pasar a formar parte del primer equipo en un futuro no muy lejano”. En este caso había certezas. “Estábamos convencidos que podía dar el salto. Tenía condiciones y seguridad en sí mismo. Nadie le ha regalado nada”. El tiempo lo ha demostrado. El olfato de Mora no falló. La respuesta del Comandante tampoco.