Roger se puso el frac o el disfraz de prestidigitador para agitar la defensa azulgrana. El Pistolero ejercitó su mente desde el vértice del área defendida por Ter Stegen. Sus ojos estaban fijos en el esférico. No obstante, en el interior de su cabeza iba entretejiendo una acción que resultó milimétrica en su ejecución. Fue una jugada desbocada en su desarrollo y evolución. El atacante filtró un balón teledirigido sobre la carrera de Enis Bardhi. El cuero en su recorrido atravesó las piernas de Yerry Mina. El Internacional por Macedonio dibujó una diagonal mortífera antes de entrar en contacto con la pelota. Y ya se sabe el guante de seda que esconde en sus botas. Bardhi no erró ante la mirada desorientada del arquero alemán. Tocó con la izquierda de primeras para ajustar al palo largo.

El segundo capítulo amanecía y el Levante conmemoraba la quinta diana de una tarde grandiosa y antológica. El feudo de Orriols cercaba el éxtasis. El espacio y el tiempo dejaron de existir. El marcador del Ciutat era tan elocuente como expresivo y contundente; 5-1. En realidad, producía asombro todo lo que había acontecido sobre el verde hasta ese instante de la cronología. Nada era lo que parecía. El Levante avasallaba al F.C. Barcelona con un hat-trick de Boateng y un doblete firmado por el futbolista de origen balcánico.

Nadie, en el transcurso de la competición, había conseguido rendir al ya proclamado campeón de LaLiga Santander y de la Copa del Rey. Ni dejarle inerte sobre el paso. Marchitaba la jornada trigesimoséptima. Y la condición de invicto del equipo de Valverde estaba en entredicho en esa fase del relato. El Levante fue leal con el vencedor del campeonato de la regularidad. No tuvo reparos en ofrecerle un caluroso tributo en el prólogo de la cita en forma de pasillo, pero la tregua concedida concluyó al finalizar esa iniciativa. Ya no hubo más muestras de afecto. Ni de ternura.

La versión más despiadada y encolerizada de la escuadra granota se materializó para convertir a su oponente en un adversario terrenal. No parecía sencillo para un equipo que sentía que la inmortalidad formaba parte de su esencia más profunda. El Barcelona había dejado un reguero de cadáveres a su paso. El Levante fue capaz de llevar a su contrincante hacia las profundidades del abismo por más que Coutinho y Luis Suárez tratarán de regresar a la confrontación tras ajustar de nuevo el marcador (5-4) con veinte minutos todavía por disputarse. El partido condensó las virtudes capitales de un colectivo que hizo del atrevimiento y de la osadía una manera de manifestarse.

El Levante de Paco López desconocía el sentido que emana del miedo. “Es un reto importante por su dificultad. El equipo va a demostrar los valores que hemos ido construyendo. Nuestra intención es hacer un buen partido y que la gente venga a disfrutar. Vamos a competir. Sería histórico ganar al Barcelona, pero no será sencillo. La idea es competir, hacerlo bien y que el equipo siga mostrando su identidad”. El preparador fue lanzando mensajes subliminales hacia sus jugadores a lo largo de la semana. Había que espolear sus sentidos para ponerlos en alerta, aunque nacía el típico encuentro que no necesita prefacios por la carga emocional que conlleva.

“Estamos demostrando que podemos ganar a cualquier rival”, advirtió Bardhi durante los días anteriores al duelo. El partido comenzó a disputarse mucho antes de que el balón echara a correr sobre la superficie del Ciutat.  En el fútbol, en ocasiones, hay certezas que presagian verdades absolutas. El grupo granota quería imponer su mandato. No parecía proclive a asumir un rol de secundario. Su comportamiento insurrecto lo demostraba. No era una pose. No solo fantaseaba con someter al Barcelona. Anhelaba el triunfo. Y no tardó en enviar un mensaje envenenado a su adversario. Morales fue el heraldo con una carrera impoluta ante Yerry Mina. El central perdió de vista al atacante.

El Comandante se comportó desde el arrebato; ganó la línea de fondo y combinó con Boateng. La puesta en acción era desconsiderada y convincente. Bardhi se estrelló con la madera en la siguiente aproximación. Las transiciones, vertiginosas y eléctricas, del Levante martirizaban a un Barcelona rebajado en defensa y en ataque sin la presencia capital de Messi. Campaña y Lukic ejercían de lugartenientes. Sus botas escondían distintivos y galones. El estado anímico del colectivo levantinista atravesaba por un periodo de luna creciente. El Levante era un equipo de corte hedonista. Disfrutaba asociado al balón. Y hacía disfrutar a sus correligionarios. El corazón de los jugadores granotas acompasaba con el de sus seguidores. La complicidad era manifiesta.

Había mística en el verde y también en la grada. Caían chuzos de punta sobre el arco de Ter Stegen. Boateng y Bardhi personificaron el principio de indocilidad instaurado desde la conversión de Paco López en entrenador. Cada partido era un pronunciamiento. El nueve de Ghana alumbró un hat-trick legendario. Su catálogo de recursos fue poliédrico. Bardhi mostró argumentos sobresalientes. Fue mucho más que un francotirador como acentúa su clarividencia desde los lanzamientos a media distancia. El gol compendió una intervención notable.

El Barcelona de un Iniesta ya crepuscular tras confirmar su adiós apeló al coraje para revertir su estatus. Coutinho y Luis Suárez estrecharon los márgenes del partido. No obstante, el Levante no claudicó para conseguir que el encuentro adquiera la condición de eterno. Es una evidencia que traspasará las barreras que establece el paso del tiempo para incardinarse en el imaginario de los estamentos asociados al levantinismo.