No sabemos en realidad todo aquello que deparará el futuro más cercano, entendiendo por la posterioridad el ocaso definitivo de la competición liguera en el ámbito de la categoría de Plata, pero sí que hay certezas y verdades de la trascendencia adquirida por el Levante durante la evolución de la competición liguera. Parece una evidencia que hay un partido que establece una pertinaz frontera entre el pasado y los hechos que pueden estar por materializarse. En ese sentido, el enfrentamiento ante el Oviedo marca un limes. Hay una historia anterior repleta de certidumbres y otra por confirmar sus caracteres. Centremos la atención en el tiempo anterior. El duelo ante la escuadra asturiana certificó la dimensión de la mutación experimentada por la sociedad azulgrana. Sergio Postigo descorrió la cancela que adentró al levantinismo militante hacia el edén. Fue un cabezazo aniquilador que no pudo contener la efervescencia de las manoplas de Juan Carlos.

La diana del zaguero y los tres puntos se convirtieron en el pasaporte hacia la gloria y en una representación fehaciente de la energía y del vigor de un colectivo omnipresente durante la narración del campeonato liguero. El Levante adquiría en cada cita sobre el verde la consistencia y el espesor de una fortificación de carácter irreductible. Habría que regresar al principio de nuevo: no podemos pronosticar el mañana, pero sí acentuar la robustez del pasado. Desde ese prisma, habría que enfatizar la exquisitez de la respuesta del grupo que conduce Muñiz. Ha habido jerarquía, ascendencia y rango en sus manifestaciones sobre el pasto desde el nacimiento del curso. Parece totalmente incuestionable. Al menos hasta la fecha que establece el enfrentamiento ante el Oviedo. Su condición de líder omnipresente nunca se ha cuestionado. Esa especie de universalidad conquistada comenzó a fundamentarse desde la epifanía de la competición en el ámbito de LaLiga 1|2|3.

El Levante ancló de nuevo sus raíces a la categoría de Plata en una tarde de agosto de 2016 en Soria. La entidad había perdido la perspectiva que significaba formar parte de ese ecosistema tras seis temporadas consecutivas abrazado a la elite. El coliseo de Los Pajaritos simbolizó la complejidad y la dificultad que entraña una división con una tendencia absoluta hacia la igualdad. Capitalizar la acción en él puede convertirse en una quimera. En ese marco competitivo las distancias entre los adversarios quedan minimizadas. Y el dinero no es un aval inestimable para adquirir lustre y distinción y menos para proyectarse hacia el éxito. En ese feudo el colectivo levantinista comenzó a edificar las cimbras de un ascenso vertiginoso. Jason esructuró el partido en la reanudación tras una combinación mortal con las botas desatadas de Espinosa. Y la notable victoria ante el Alcorcón en el Ciutat siete días después, con Roger asumiendo protagonismo y rol como goleador, elevó al Levante a los altares del curso.

Prácticamente ya nunca más se descabalgó de esa demarcación que defendió con heroicidad y con compromiso en cada aparición sobre el césped. Y cada encuentro se convertía en un laberinto que había que desentrañar desde un prisma emocional y también deportivo para un bloque instalado a perpetuidad. El Levante se convertía en el rival a batir con la carga anímica y simbólica que supone administrar esas emociones. El equipo presentó una pátina de luminosidad que cada adversario trataba de difuminar. El duelo ante el Zaragoza ejerció de divisoria. Era la cuarta semana del curso y el liderato contextualizó la confrontación. Con siete puntos, la institución del león antecedía al Levante en la tabla. Era un encuentro con relevancia e impronta. Dos colosos de discurso armado cara a cara. El Levante sometió a su oponente con distinción y con clase para recuperar el cetro de la tabla. Y todavía hoy, sobrepasada la jornada trigesimoséptima, mantiene ese status inalterable.

Hay más aspectos que resaltan la intrepidez y la fuerza abrasiva de las huestes azulgranas. En la jornada decima el Levante lideraba la clasificación con 23 puntos. El Lugo le perseguía con 17 y Sevilla Atlético, séptimo contaba con 14 puntos. En la jornada decimoséptima y tras caer en Girona, ya segundo en la clasificación, el Levante contaba con un punto más que el equipo catalán, 31 por 30, si bien presentaba un partido menos tras la suspensión del partido ante el Rayo. No obstante, la distancia con el séptimo, Lugo, quedaba cifrada en siete puntos. El arranque de 2017 situó al Levante con 43 puntos, tras superar al Lugo en el Ciutat. El Girona seguía su estela con 36. El Valladolid, séptimo, tenía 28 puntos. Nada cambió. En la jornada 30 el Levante tenía 68 puntos por los 58 del Girona. El Cádiz, tercero, se alejaba en 18 puntos (50). En la jornada 36 el Levante entonó el alirón con 77 puntos. Por detrás aparecía el Girona con 65. El Getafe, tercero, contaba con 58 puntos.