Parece del todo incuestionable; el valor que adquiere una foto del pasado es su enorme poder y convicción para evocar una historia desterrada de la memoria. Su impacto es irrefutable. Desde ese prisma, podría advertirse que las fotos tienen una capacidad innata para hablar, para transmitir una emoción o simplemente para recrear una acción que parece totalmente alejada del tiempo más presente. Quizás sea el caso. La instantánea escogida condesa la representación del gol. Ramalho, Arturo y el meta Huguet componen una especie de triunvirato en lucha por la asunción/negación del gol. Como cuarto elemento habría que incluir la figura esférica del balón que, como solía suceder en las representaciones pictóricas del Renacimiento, adquiere un protagonismo estelar porque parece concentrar todas las miradas de todos los actores. La fotografía, y los protagonistas, permite contextualizar la identidad del partido.

El Levante y el Sabadell cruzaron sus caminos en la primavera de 1990. El duelo se disputó el domingo 22 de abril sobre el verde del actual Ciutat de València desde las 17:00 horas. El choque estaba adscrito a la jornada trigesimotercera de la competición en el marco de la categoría de Plata y comenzó con un sentido minuto de silencio por la memoria del que fuera presidente Antonio Román. Ramalho, Arturo y el cancerbero Huguet focalizan la atención sobre el resto. En un plano inferior, cerca del punto de penalti, surge la estela previsiblemente de Gallart. Su rostro dibuja un gesto de inquietud. En el fondo, como tratando de recortar la secuencia, aparecen fijadas las siluetas de los aficionados que cubrían la Grada Central.

Todo parece haber cambiado diametralmente. Quizás llame poderosamente la atención el riguroso negro de las botas de los futbolistas o la escasa longitud de los pantalones, que dejan totalmente desnudos los muslos, y esa gama grisácea que impera producto de la tonalidad predominante en la construcción de la grada y también derivada de la elección del blanco y negro para inmortalizar el momento. Nada que ver con la rica gama cromática que envuelve al Ciutat en el presente. Por las crónicas contemporáneas podemos determinar que la jugada se produjo en el desarrollo de los primeros cuarenta y cinco minutos. Fue el instante de mayor proximidad con el gol por parte del ariete sudamericano que se había comprometido con la sociedad levantinista en las jornadas finales de noviembre de 1989.

Ramalho mudó el universo del Real Murcia por el del Levante con la Liga en marcha. La elección se sustentaba en la búsqueda de nuevas aventuras sobre el pasto después de un prolongado ostracismo en el club murciano. Fue la premisa que prevaleció en la rueda de prensa de presentación en el Nou Estadi el miércoles 22 de noviembre de 1989. “Al Levante no vengo a demostrar nada, simplemente quiero jugar”, acentuó en su puesta de largo ante los medios de comunicación. Su ascendente resultó cuantificable desde una perspectiva global. No adquirió el rango de secundario. Ramalho, famoso con anterioridad por haber ingerido un supositorio, un extremo que siempre negó, capitalizó la narración del gol durante el ejercicio 1989-1990 con doce dianas en veintiún encuentros. Posiblemente ante el Sabadell no consignara una de sus tardes más fecundas y productivas.  

Pepe Martínez, técnico local, apostó por Antonio López como recambio del jugador de Mossoro tras el obligado paso por los vestuarios a la finalización del primer acto. La decisión del preparador fue tan clarividente como determinante en la evolución de la confrontación. López, un jugador con pasado en las filas de la entidad vallesana, ajustició al Sabadell en el minuto cincuenta y ocho. Ya no hubo más variaciones en el luminoso, pese a que la escuadra catalana cercó el área defendida por Vitaller propiciando un final agónico para las huestes locales. Lo cierto es que la victoria se celebró en los aledaños del Nou Estadi. Los dos puntos conquistados ejercían influjo, máxime tras la severa derrota cosechada ante el Espanyol (6-0) que sembró de nuevo el germen de la duda.

En el retorno a la Segunda División, el Levante trataba de escapar de los bajos fondos de la tabla. Fue una constante durante un curso dubitativo. Y la competición se acercaba hacia su ocaso. La derrota ante el Castilla en tierras madrileñas determinó el cese de Roberto Álvarez. Fue en la jornada vigesimoctava. El preparador leonés, que había persuadido al levantinismo tras coronar el ascenso el ejercicio anterior, fue relevado por Pepe Martínez. Restaban por el horizonte apenas diez semanas para el desenlace definitivo del campeonato y la competición liguera parecía empinarse. El camino era abrupto con citas de enjundia ante aspirantes reales al ascenso a la elite como el Real Burgos, Espanyol, Deportivo o Sabadell.

El técnico salió indemne del complejo desafío. El inesperado y sobresaliente triunfo ante el Burgos en El Plantío (0-1), con una diana de Ramalho, conjugó con las victorias siguientes ante el Figueres, Sabadell o Murcia. Ante el club grana, en Orriols, Ramalho consumó su particular venganza con la adquisición de los dos goles que validaron la victoria. Cuatro de los nueve triunfos totales del curso llegaron con el preparador valenciano a los mandos del banquillo. El Levante concluyó el ejercicio con treinta y seis puntos que garantizaban su estancia en la categoría de Plata.