Retrocedamos en el tiempo por un instante para conducir la mirada hacia la siempre mágica noche del 31 de diciembre de 1957. Los valencianos más acomodados posiblemente apelarían al champán para brindar por la conclusión del año. Quizás los menos pudientes se contentaran con rellenar sus copas con un licor de menor cuantía con el fin de ejercer el obligado brindis antes de engullir las doce uvas al ritmo de las doce campanadas que sonarían desde algún aparato de radio estratégicamente dispuesto en la habitación más confortable de la casa. En todo caso, pese a la distancia y a los diferentes roles sociales estructurados resulta posible establecer un punto de concordancia en las peticiones realizadas en la apertura de 1958; Valencia quería desterrar de su memoria los devastadores efectos de la riada del mes de octubre de 1957. No obstante, los seguidores de raíz levantinista a este pensamiento añadían otro más cercano y de índole más mundana, toda vez que el programa del uno de enero de 1958 incluía la disciplina del fútbol. El balón rodaría por la pradera del feudo de Vallejo en una jornada poco habitual para la práctica de este deporte.

Aquella tarde el Levante y el Extremadura entrecruzaban sus destinos en un partido adscrito al universo de la categoría de Plata en el  Grupo Sur. El choque quedaba contextualizado en el marco de las copiosas y virulentas lluvias, en la versión destructora del Antiguo Testamento, que desbocaron el río Turia en octubre para propiciar el caos más absoluto. Las precipitaciones anegaron el campo de Vallejo y alteraron el cotidiano desarrollo de los acontecimientos ligueros. Aquel enfrentamiento, vinculado a la jornada séptima de la competición, cambió de fecha para disputarse el primer día del señor de 1958. Urgía conjugar con la victoria para alejar temibles fantasmas. Quedaba muy reciente la derrota saldada el 29 de diciembre ante el Real Betis en el coliseo azulgrana (1-2) que ligaba a la entidad blaugrana a los bajos fondos de la clasificación.

La temporada era tortuosa desde que el firmamento se desmoronara. El cielo valenciano se agrietó en las fechas intermedias de octubre de 1957. Y pareció desplomarse entre el trece y catorce de octubre. El cauce del río Turia no fue capaz de resistir el aluvión de agua encolerizada que procedía desde la comarca del Camp de Turia y desde las zonas altas del Palencia y Mijares. Su enfurecido caudal aniquiló hasta destruir parte de la ciudad. Los medios de comunicación se encargaron de difundir la magnitud de la catástrofe. Ese hecho aumentó su aura y dimensión y principalmente su potencia. No fue el primer desbordamiento que sufría la capital a lo largo de su dilatada historia, pero sí que trascendió por la implicación de los medios de comunicación. España se solidarizó con la provincia de Valencia. Las muestras de fraternidad y camaradería fueron continuadas desde la totalidad de los ámbitos de la sociedad española.

Las pérdidas fueron cuantiosas desde un prisma económico, pero también desde una perspectiva humana. Las bajas fueron considerables. En ese sentido, se cifra en más de ochenta el número de muertos. En la calle de las Rocas el agua alcanzó una cuota de altura de cuatro metros y amenazó con engullir las fachadas principales de los edificios colindantes. Los jardines del Parterre parecían naufragar. El Barrio de Nazaret surgía como una prolongación del Mar Mediterráneo y en la Calle Grabador Esteve el nivel del agua rozaba los dos metros. La tenebrosidad se apoderó de una ciudad caracterizada por su energía lumínica.

Las principales instalaciones deportivas de la capital quedaron sumergidas por el vigor de las precipitaciones. La imagen del feudo de Mestalla y de Vallejo era realmente dantesca. El golpe para la institución que presidía Antonio Román fue de un volumen extraordinario. El club trataba de recomponer su ajada caja de caudales después de afrontar la compra en propiedad del estadio de la calle de Alboraya apenas unos años antes. Al margen, la nómina de la primera plantilla había aumentado considerablemente con la finalidad de asaltar los muros de la máxima categoría. Los daños quedaron cifrados en torno al millón de pesetas, una cantidad relevante y de una notable consideración en tiempo contemporáneo.

El impacto de la desgracia fue tremendo y determinó una variación sustancial del guión de la cronología de la competición. Entre el tres y diecisiete de noviembre la escuadra levantinista marchó a Elda, Alcoy y Cádiz de manera enlazada para competir. Los tres adversarios se comportaron con dignidad y con una consideración extrema ante una institución esquilmada por la riada. El Levante enlazó varios encuentros consecutivos en condición de foráneo mientras Vallejo recuperaba su semblante y esencia. Y hasta el uno de diciembre no descorrió de nuevo sus puertas para albergar un duelo ante el Córdoba. En ese tránsito la figura del Levante se fue desvaneciendo en la tabla hasta perderse por los arrabales de la clasificación. De ahí la envergadura de la victoria en la cita frente al Extremadura y del pensamiento de la masa social granota en la noche del 31 de diciembre. La devastación formaba parte del paisaje de la ciudad por esas fechas navideñas. Sus efectos eran visibles. El proceso de reconstrucción era evidente.

Como acentúa Antonio Rivera en un artículo específico publicado en la versión en internet del diario Las Provincias, el desastre confirmó varias sospechas; la robustez de los puentes medievales y la sabiduría de los romanos al elegir el emplazamiento de la primitiva ciudad. Los clásicos del Turia; es decir los puentes del Mar, del Real, San José, Serranos y Trinidad no se inmutaron con la crecida. Los demás sufrieron el deterioro. Por otra parte, la Plaza de la Virgen, la calle del Micalet, la plaza de la Reina o el Palacio Arzobispal no padecieron los embates de la tempestad. La Valencia romana resistió con heroicidad en un guiño a la atención del medio y el formidable cálculo efectuado por sus fundadores. La solución posterior para evitar capítulos de esta proporción fue el denominado Plan Sur que alejó al Turia de centro.     La puerta de las Torres de Serranos y la Estación del Puente de Madera ejercían de espacios de confluencia del levantinismo militante que unía sus alejados universos desde el corazón de la Valencia antigua y desde el vértice de los Poblados Marítimos en una comunión de complicada interpretación.

Advierten las crónicas que el dominio del Levante en el primer capítulo del partido fue incuestionable aunque ese sometimiento avasallador no se tradujo en goles. Villa rasgó la meta que defendía Rovira tras una excelente combinación con Paredes. Fue en el minuto treinta y cinco. El Extremadura marchó aliviado al descanso. Seguía vivo, pese a su patente inferioridad. No obstante, el Levante arrolló a su rival en la reanudación. Monchito aprovechó un remate de Llona que desvió el larguero para aumentar la renta en el marcador nada más regresar al verde.

Y sin solución de continuidad Paredes ratificó su naturaleza de goleador. Llona cerró el partido tras un pase en profundidad de Guerrero. El Mundo Deportivo resaltó la justicia de la victoria. “El Levante ha realizado el mejor partido de la temporada”. El Levante mejoró sus prestaciones en la segunda fase de la Liga para cerrar la competición en cuarta posición a un punto del Murcia y Tenerife, a la sazón tercero y segundo en la tabla. Paredes, con 18 goles, luchó hasta el último suspiro junto a Vila, 19 dianas, por el pichichi de la división. La batalla fue encarnizada y sonrió al atacante bético.