Las sombras ya habían caído sobre los muros del Ciutat de València y los sultanes del swing, con su singular y envolvente sonido, envolvieron la negra noche. Había embrujo y también hechizo en la guitarra inconfundible de Mark Knopfler. Toda esa intensidad se manifestó a los acordes de un himno generacional que nació destinado a perpetuarse sobre el paso del tiempo para adquirir la eternidad. De hecho, la canción sigue manteniendo la identidad que le caracterizó cuando comenzó a sonar y a repetirse en las listas de éxito de finales de la década de los años setenta del siglo pasado, si bien su reconocimiento masivo, para alcanzar la condición de hit, no resultó inmediato. Sultans of swing puso en órbita a los Dire Straits en el panorama internacional de la música. El grupo rasgó las fronteras que le amarraban a su Inglaterra natal para proyectarse con destino hacia el exterior. Afuera les esperaba un mundo por conquistar a golpes de riffs y desde la creación de temas fabulosos.

El influjo y el ascendente de la banda, al paso de las hojas del calendario, parece haber declinado entre las generaciones más jóvenes, pero en los ochenta partían la pana y eran objeto de deseo concitando una atención superlativa. Y si en justicia se escucha con atención los sones de Sultans of swing puede advertirse que el tiempo no ha desvirtuado la trama y la melodía de una canción que relata la historia de una banda entregada que actúa en un pequeño pub de aquellos que proliferaban en la zona del Sur de Londres al estilo de los Honky Tonk americanos. La pasión y los amperios aumentaron en el coliseo de Orriols sobremanera cuando su líder carismático apagó momentáneamente su voz rasgada para darle lustre a su guitarra.

Mark Knopfler era un tipo peculiar. Saltaba al escenario con una cinta ceñida al pelo, al más puro estilo Mc Enroe, se ajustaba muñequeras en sus brazos y pellizcaba las cuerdas desdeñando la púa en busca de un sonido totalmente reconocible. Virtuoso de las seis cuerdas, estaba claramente distanciado del Punk Rock o de la New Wave y se alejada del estándar de los guitarristas melenudos adoradores del Heavy Metal. Esos aspectos le distinguían como también su manera de entender la música y el negocio. En ocasiones, más que cantar recitaba, bebiendo de las fuentes de su adorado Bob Dylan, y su guitarra tenía un eco que le vinculaba con Hank Marvin, líder de The Shadows, o J.J. Cale.

El solo peculiar de sultanes del swing, quizás uno de los más legendarios y míticos de la historia del rock, adquirió luminosidad y brillo en el santuario granota. Todo aconteció en los días concluyentes de junio de 1983. El verano despuntaba y los seguidores de la mítica banda formada en Londres en 1977 tenían subrayado en rojo fluorescente la fecha del día 30. No era una jornada menor. “El concierto promete ser uno de los acontecimientos importantes de la temporada musical en Valencia”. Jorge G. Alapont en las páginas de cultura de Levante El Mercantil Valenciano acentuaba el contenido y la significación de la cita musical.

“La gran expectación que ha rodeado al concierto que esta noche darán los Dire Straits en el campo del Levante hace esperar una gran afluencia de público”, advirtió el periodista en el artículo. “Consultando a los distintos centros comerciales de Valencia, donde se venden localidades para el concierto de esta noche, aunque sin cifras estimativas, el número de entradas vendidas ha sido muy alto por lo que se espera que el público que asista esta noche al show de los Dire Straits supere las veinte mil personas lo que colocaría al concierto en record en Valencia de asistencia a un espectáculo de este tipo”, recalcó el rotativo valenciano apenas unas horas antes de la explosión de emociones y de sentimientos con epicentro sobre el verde del coliseo de Orriols.

Las previsiones se cumplieron. Las fuentes contemporáneas cifran en alrededor de veinte mil la cantidad de seguidores que se acercaron al Nou Estadi para convertirse en testigos directos de la histórica presencia de los Dire Straits en la capital del Turia tras pagar las mil cien pesetas que costaba la entrada. Nunca más se repitió esta coyuntura, pese a que el grupo londinense siguió en la brecha dando vueltas al globo terráqueo hasta mediados de los noventa cuando decidieron parar su contador para nunca jamás ponerlo en marcha entendiendo que su momento se había difuminado.

Los ochenta situaron a la ciudad del Miguelete en la vanguardia del circuito musical. Fue una especie de abanderada en el panorama guitarrístico internacional. Valencia se convertía en parada obligada en la agenda de infinidad de artistas de calado y envergadura. El Ciutat de València, la plaza de toros de la Calle Xátiva, Pachá o el feudo de Mestalla albergaron macro espactáculos. Lo cierto es que los Dire Straits aterrizaron en tierras valencianas en un instante determinante de su incipiente carrera. La formación, liderada por el inconfundible Mark Knopfler, defendía en directo su cuarto long play. ‘Love Over Gold’ adquiría primacía en el show articulado. Atrás quedaban ‘Dire Straits’, el álbum que alumbró su estreno, ‘Comunique’ o ‘Making Movies’. No obstante, la mayoría de los sencillos extraídos de esos discos sonaron en el Ciutat durante algo más de dos horas arrolladoras.

Durante aquel periodo estival de 1983 el coliseo de Orriols perdió su máxima expresión como templo futbolístico para dar cabida a conciertos que forman parte de la historia de la ciudad. Miguel Ríos tomó el relevo un par de semanas más tarde en el mismo escenario para ofrecer ‘El Rock de una Noche de Verano’. El aterrizaje de los Dire Straits en en el Nou Estadi formó parte del contexto de la gira que les llevó entre noviembre de 1982 y julio de 1983 a cruzar Europa, Australia, Nueva Zelanda y Japón para dejar su huella. La gira incluyó noventa y dos conciertos en sesenta y una ciudades distintas. El Civic Hall de Guildford, el 30 de noviembre de 1982, iluminó un exigente y profundo itinerario que concluyó el 23 de julio de 1983 en el Hammersmith Odeon en Londres, germen del disco en directo denominado Alchemy.

El grupo ofreció tres recitales en la Península Ibérica. En Madrid hicieron acto de presencia el 28 de junio en el Campo del Moscardó y en el estadio Municipal Narcís Sala, donde habitualmente disputa sus confrontaciones como local el Sant Andreu, se despidieron el uno de julio. Francia, Italia, Yugoslavia, Irlanda e Inglaterra marcaron el relato definitivo de este paseo. Los Dire Straits fueron puntuales. Al filo de las diez de la noche se aposentaron en el escenario que prácticamente cubría la totalidad del área que recae sobre el fondo de Orriols. Seis camiones transportaban el material. La noche comenzó con una suavidad aterciopelada. La deliciosa ‘Once upon a time in the west’ gimió con tersura mostrando el lado más intimista y profunda de la banda.

Fue la epifanía. El grupo fue presentando la mayoría de las canciones de ‘Lover Over Gold’ quizás el disco que les acercó hacia los paisajes que colindaban con el rock progresivo. No obstante, Mark Knopfler agitó el repertorio encadenando viejos éxitos con temas de reciente composición. El sempiterno John Illsley al bajo, Pick Withers, Hal Lindes y Alan Clark ofrecieron un concierto sin grietas. ‘Sultans of swing’ y ‘Twisting by de pool’, que llegaron encadenadas, dimensionaron la noche. ‘Investigador Privado’, ‘Industrial Disease’, ‘Telegraph road’ o ‘Portobello Bello’ sonaron con vigor. ‘Romeo and Juliet’ y ‘Tunnel of Love’ fueron aclamadas por la grada. El ocaso llegó con Local Hero, un tema de película soberbiamente atacado por un dios de guitarra.