El encuentro amenazaba con no tener final. El cuarto colegiado alzó el marcador que anuncia el tiempo suplementario, adicional a la disputa de los noventa minutos reglamentarios, y la grada del Ciutat de Valéncia dibujó una mueca a caballo entre la incredulidad y la perspectiva que refleja en sus espíritus la ilusión. Aquellos que hacen de la incredulidad una manera de afrontar la vida más cotidiana inclusive se frotaron los ojos con frenesí para constatar que no era una visión óptica fruto de la esperanza imperecedera de restituir un marcador adverso para los intereses de la escuadra que preparaba desde el banquillo García Cantarero cuando el partido definitivamente estaba condenado a expirar. No. No era un delirio producto de la febril imaginación levantinista. Ni un espejismo numérico. Los dígitos en este caso no ejecutaban un baile mortal para inducir a la confusión generalizada. El partido rondaría los cien minutos. Ese era el estado de la cuestión en ese momento. No había dudas de consideración al respecto. A la orden del cuarto colegiado apareció de forma desafiante el número ocho que advertía de la profundidad que adquiriría la confrontación que reunía al Levante y a Las Palmas en la matinal de un domingo, que anunciaba las fiestas navideñas, con las cámaras de Canal Plus levantando acta de todos los sucesos desarrollados sobre el verde a la hora del Ángelus.

Fue en la jornada decimosexta del curso 2002-2003. Un 22 de diciembre de promesas y de certidumbres colectivas por mor del sorteo de lotería que suele prologar el advenimiento de la Navidad. Al menos la pedrea cayó en el templo azulgrana para custodiar la segunda plaza en la tabla en lucha con el Zaragoza y Albacete. Había transcurrido un océano desde que Bello Rebollo, en su condición máxima de colegiado principal, alzara el telón de la confrontación. El rastro de la cita liguera se perdía irremediablemente, pero restaban infinidad de emociones por constatar en el duelo que cerraba el año de 2002 en el coliseo de Orriols. Nadie se atrevía a abandonar sus límites. Ni los más críticos del lugar osaban despegar sus cuerpos de sus butacas para emprender la huida deprimidos por una derrota que se anunciaba, pero que no llegó a consumarse.

El fútbol se comporta de manera inescrutable en infinidad de ocasiones. El grado de excitación era superlativo. El Ciutat era una caldera en plena efervescencia. El yunque de las pasiones amenazaba con engullir a la escuadra insular. En ese punto del relato la utopía era posible. El Levante había regresado una y mil veces al partido. Fue capaz de mantenerse erguido cuando más cerca parecía de caer al fondo del precipicio. El espíritu atribulado y algo melancólico de los delanteros canarios en conjunción con la clarividencia y los guantes recios de Rafa mantenía a flote a la sociedad blaugrana. Nunca los atacantes adversarios contaron con más opciones para estrangular a su oponente y enviarlo directamente al infierno.

Las acciones diáfanas de gol en forma de contragolpes letales superaban los dedos de una mano. A la retaguardia isleña le faltó carácter y un punto de temperamento. El partido mutó en la reanudación después de un primer acto funcionarial entre dos bloques que contuvieron sus emociones para tratar de resguardar sus porterías. Nadie fue capaz de eclipsar a nadie. Nadie dirigió el tráfico con acierto. Ni logró palidecer a su rival. Las únicas noticias del grupo que conducía García Cantarero procedían de las acciones de laboratorio. Los saques de esquinas acreditaron la consistencia del guardameta amarillo.

Orlando contuvo la respiración en cada uno de los diez lanzamientos de esquina que emergieron desde las botas blaugranas, pero salió indemne de todas estas acometidas. Lima acumuló protagonismo en el nacimiento del capítulo final de la cita. El defensor se puso el disfraz de delantero para resolver un acertijo en las cercanías de la meta de Rafa. En el barullo reinó la perspicacia del zaguero. Lima tocó lo justo para alojar el balón en el fondo de las mallas locales. El duelo cambiaba de dirección. Las brumas y las sombras amenazaban con oscurecer el cielo de Orriols.

Esa perspectiva hacia el desastre se mantuvo tras la expulsión de Pedja Mijatovic después de que el montenegrino se revolviera ante Lima. La infracción le condujo al vestuario. Restaba un mundo, pero el escenario no era bucólico. A la inferioridad numérica había que unir las distancias en el marcador y la impresión de desasosiego. La batalla era devastadora. Quedaba la épica, el atrevimiento y la arrogancia de un equipo cuyo orgullo estaba herido. Su ADN le impedía claudicar. Y nadie mejor que Descarga para liderar la revolución. Cantarero lanzó una advertencia general con la aparición desde el banquillo de Chota, Ettien y Amato. Con la artillería pesada, y con muchas más municiones y proyectiles sobre el verde, el único desafío explícito y tajante era reconstituir el signo del choque.

No obstante, en la claridad del mensaje viajaba la inmediata contradicción. El Levante se quebró en dos partes antagónicas. Era el todo o la nada. Cada contragolpe laceraba el sistema inmunológico del bloque granota ante el riesgo al vacío. El miedo tomaba forma. Y esa sensación se trasladó a la grada. El peligro cercaba las dos áreas desde concepciones alejadas. El Levante era racial en sus movimientos y apreciaciones mientras que la UD Las Palmas trataba de racionalizar el contenido del encuentro en busca de asestar el golpe definitivo. No lo consiguió.

El corazón granota latía con firmeza. Su capacidad de resistencia conmovía. En ese contexto el cuarto colegiado amplió los márgenes del partido en ocho minutos adicionales. El enfrentamiento no tenía conclusión. La ansiedad era el único componente que unificaba los destinos de los protagonistas. Y entonces apareció Descarga para desafiar al cielo, quedar suspendido en el espacio y lograr la igualada. Era el minuto noventa y siete.