Parecía un partido más en la secuencia histórica del Estadio de La Cruz, también conocido como campo del Camino Hondo del Grao, sobre el que finiquitar el ejercicio 1935-1936 en el universo de la Segunda División. El Levante se cruzó con el Elche el domingo 9 de febrero de 1936 en un duelo de fuerzas desiguales. Los antagonismos se materializaron sobre el verde en virtud del rango defendido por cada uno de los adversarios sobre el verde. El espíritu ajado y atribulado de la escuadra ilicitana, último en la clasificación del Grupo III de Segunda División, tras escribir su último relato en las semanas previas, contrastaba con el rictus efervescente del propietario del feudo ubicado los Poblados Marítimos. El Levante esperaba con ansia y con fe la confrontación. Instalado en la zona noble de la tabla, perseguía el reflejo del Jerez, toda vez que la estela del Murcia, líder incuestionable, surgía de forma inaccesible. El grupo levantino y el equipo andaluz competían por afrontar la promoción de ascenso a Primera División. Parecía un enfrentamiento más a incluir en el registro de encuentros consignados por el feudo de La Cruz en el marco de la Segunda División y sin embargo, fue su despedida de la categoría de Plata. Fue un epílogo inesperado supeditado a los condicionantes políticos que arrastrarían a España a una cruenta y devastadora Guerra Civil tan solo unos meses más tarde.

Ocurrían muchas cosas en febrero de 1936. La competición liguera avanzaba hacia su ocaso en sus dos principales categorías, pero las cuestiones políticas adquirían relevancia. Desde finales de 1935 comenzó a gestarse una gran coalición de partidos vinculados a la izquierda que triunfaría en las elecciones de febrero de 1936. Nacía el Frente Popular para cambiar de raíz la fisonomía de la II República. El Bienio Negro quedó en el pasado tras la victoria conquistada en las urnas por la coalición de izquierdas que lideró Manuel Azaña. La campaña electoral se prolongó desde los primeros días de enero hasta la jornada del 16 de febrero. El mapa político quedó polarizado en torno a dos filosofías contrapuestas. Como respuesta al Frente Popular nació el Frente Nacional, o de Orden, que lideraba Gil Robles a través de la CEDA. El choque de fuerzas propició una de las campañas electorales más duras que se recuerdan. La inestabilidad era patente y alcanzó un grado superlativo después del triunfo del Frente Popular. Las armas adquirieron primacía para arrinconar y dejar en un segundo plano las voces de los políticos.

Paralelamente, con la presencia de Hitler y buena parte del aparato ideológico de la Alemania Nazi, en febrero de 1936 fueron inaugurados los IV Juegos Olímpicos de Invierno. La ceremonia de apertura se celebró en el Stadium de Squi en Garmish ante más de cincuenta mil almas. Hitler capitalizó la acción. “Declaro abierta la cuarta Olimpiada de Invierno de 1936”, manifestó el Fuhrer ante la atenta mirada de Joseph Goebbels, a la sazón ministro de propaganda. Goebbels recibió el encargo de difundir este evento que elevaría a la categoría de mito a Jesse Owens. La bandera blanca, con los aros entrelazados, símbolo de la paz, ondeó en la localidad alemana para entremezclarse con el saludo militar nazi con el brazo derecho levantado en una paradoja que se aventuraba cruel. El deporte se convirtió en un vehículo de propaganda de notables dimensiones para la Alemania del Tercer Reich, aunque la elección de Berlín se produjo en 1931 y el partido nazi llegó al poder en las elecciones de 1933.

En ese contexto llegó la cita liguera entre el Levante y el Elche. La sociedad marina agotaba sus recursos para soñar con su ingreso en Primera División. La segunda vuelta fue devastadora, después de un arranque algo dubitativo pero había dos condiciones inexcusables que debían conjugar el domingo 9 de febrero; la victoria ante el Elche y un tropiezo del Jerez en condición de local, un aspecto que parecía poco previsible. El Levante no quería que su estrella declinase. Los condicionantes que rodeaban el duelo quedaron presentados en las jornadas previas a la confrontación en los medios escritos de la ciudad de Valencia. “Triunfaron los levantinos sobre los ilicitanos por cinco a uno”, recalcaba la crónica de Las Provincias. No hubo atisbo de debate. Nolet, Artigas y Miranda obtuvieron los tres goles del equipo local en el primer acto. La batalla estaba zanjada. El Elche apenas si mostró capacidad de resistencia.

Únicamente las botas de López pusieron entre signos de interrogación la integridad de la meta defendida por Valero en los primeros instantes del encuentro. Fue un espejismo para un bloque de espíritu errático, tal y como consignó a lo largo del campeonato. Guillem y Artigas en la reanudación ampliaron los márgenes de una victoria que se quedó en los Poblados Marinos, aunque el triunfo del Jerez invalidó cualquier sueño. El partido contó con un incidente que le confirió singularidad. “Los jugadores del Elche se negaban a reaparecer en el campo después del descanso debido a que se les había retirado la mitad de la subvención por una sanción federativa. Fue necesario requerir el auxilio de la fuerza pública para que volviesen a jugar”, relató las Provincias con un tono de cierta incredulidad ante el cariz de los acontecimientos.

Cuando el colegiado Casterlenas decretó su final y los jugadores se retiraron hacia los vestuarios, la Segunda División se despidió del Campo de La Cruz. Nadie lo sabía aunque algunos podían ya intuir los hechos que se cernían sobre España. El conflicto bélico arraigaba en el imaginario de los españoles. La II República estaba herida de muerte. La Guerra estalló en julio de 1936 y rasgó la trayectoria aventurera de un Levante que había conquistado el Campeonato Superregional y que, un año antes, luchó por acceder a la Final de la Copa de España tras derrotar al Valencia y Barcelona. La Segunda División volvió a disputarse en la temporada 1939-1940. Por esas fechas el Levante y el Gimnástico habían unidos sus destinos, tan alejados como contrapuestos, para gestar el UDLG. Aquel equipo defendía la condición de local en el Estadio de Vallejo. El campo de La Cruz fue inaugurado en la claridad de los años veinte en un derbi que enfrentó al Levante y al Valencia. Se mantuvo en pie hasta finales de la década de los años cincuenta.